viernes, 20 de marzo de 2009
viernes, 6 de marzo de 2009
miércoles, 4 de marzo de 2009
Jim

Pensando en muchos de mis actuales compañeros, ya de una generación que no es la mía, me maravillo ante las diferencias que veo entre ellos y yo. Más jóvenes, más centrados en sí mismos, con pocos atisbos sociales, para nada interesados en algo que no suponga el medrar aquí y ahora. Vamos, todo lo contrario de lo que mínimamente me pueda atraer. En esta generación ya nadie habla de "trepas", igual que nadie habla de "capitalismo": no se habla de lo evidente, igual que no se habla del oxígeno.
Bueno, en estas reflexiones misantrópicas estaba cuando me he acordado de uno de mis primeros compañeros; fue el primer año que trabajé. Su nombre era Jim y él también trabajaba por primera vez; para empezar lo hicimos en un colegio para "chicos malos". Algo nada fácil. De aquella experiencia sólo comentar que la dificultad creciente del trabajo hizo que Jim y yo sustituyéramos la pinta de cerveza negra de los viernes por tres pintas al día.
Entre pinta y pinta de London Pride (Guiness is for tourists!) charlamos de muchas cosas y me dio tiempo a conocerlo bien. Era un tipo cauteloso y bastante especial. Llevaba corbatas de las charity shops y pantalones sin bolsillos de un curso que hizo para croupier.
Evitábamos hablar sobre lo que veíamos cada día pero entre anécdota y anécdota se colaban los efectos de aquel trabajo estaba teniendo en nuestras vidas. Le comenté que desde entonces me había acostumbrado a ver en cualquier objeto un arma potencial, algo digno de ser lanzado hacia nosotros, ya fuera una piedra en el suelo, un trozo de cartón o una revista olvidada. Jim me confesó que se había acostumbrado, por su parte, a no darle la espalda a nadie que estuviera menos de dos metros. Pero sobre todo, lo más molesto era aquella sensación que los dos habíamos adquirido de que todo iba a romperse, a resquebrajarse, a que los cristales se astillarían, caerían al suelo y en nuestra anticipación los veíamos utilizarse para cortar nudillos y escribir amenazas sobre paredes.
Como en toda experiencia extrema y a falta de experiencia castrense Jim fue mi doppelgänger. Alguien que convirtió el monólogo en diálogo; por él supe que aquello que estaba viviendo era real. Fueron muchas las horas de charloteo en las que me acostumbré a su inglés cockney y él al mío parcheado.
Fue en una de estas, creo que el viernes anterior a una Semana Santa, cuando todos los profesores del centro se habían ido a celebrar el fin de trimestre a un pub con vistas al río. Jim y yo sin decir palabra nos metimos en el De Burgh Arms, un pub de barrio contiguo a la estación de tren.
Aquel día festejábamos las dos semanas por delante en las que intentaríamos recuperar algo de cordura. Estábamos de buen humor y Jim empezó a hablarme de su infancia. Hablaba de las pocas veces que estrenó zapatillas de deporte y de cómo se veía obligado a pasear por el barro en el camino al colegio para que no se notasen que eran nuevas.
Escuché aquello y me vi a mí mismo haciendo lo propio a tres mil kilómetros de distancia, paseando por descampados y por edificios a medio construir, para llegar con las botas llenas de polvo al colegio. Dudo que mis actuales compañeros hayan hecho algo así alguna vez.
Cuando le confesé a Jim que yo también había hecho aquello, se quedó pensando y levantando la pinta me preguntó si quería ser su padrino de boda. ¿Cómo negarse?
miércoles, 11 de febrero de 2009
Cosmoagonía
Sentado
sobre los restos
de este muro
finjo interesarme,
finjo estudiar
el baile
de mi cigarro
castigado por el
levante.
Mirando el
punto rojo
finjo y
esquivo el recuerdo
de formas
nadando tras
la línea
de espuma.
martes, 10 de febrero de 2009
miércoles, 14 de enero de 2009
Y volví a jugar por los parques de mi infancia,
aquellos que no se ven por estar tan a la vista;
hice el esfuerzo de ignorar mi actual desdén,
de evitar los rincones más aislados de mi juventud
y mis pasos siguieron un itinerario sin rumbo
donde tuve la suerte de encontrar pocos cambios.
Y volví a maravillarme frente a aquellos árboles
que parecían helados de hierba
volví a rodear la inmensa y sucia
jaula de los pájaros;
seguí paseando, y a través de la verja
la enorme visera del teatro central
siempre a punto de caer en tus sueños;
me paré junto a la estatua de aquella enfermera
socorriendo a un soldado cubierto de moho
que siempre fuiste tú
y finalmente la cascada con los patos
donde siempre me sentí centinela
en algún punto de Asia.
aquellos que no se ven por estar tan a la vista;
hice el esfuerzo de ignorar mi actual desdén,
de evitar los rincones más aislados de mi juventud
y mis pasos siguieron un itinerario sin rumbo
donde tuve la suerte de encontrar pocos cambios.
Y volví a maravillarme frente a aquellos árboles
que parecían helados de hierba
volví a rodear la inmensa y sucia
jaula de los pájaros;
seguí paseando, y a través de la verja
la enorme visera del teatro central
siempre a punto de caer en tus sueños;
me paré junto a la estatua de aquella enfermera
socorriendo a un soldado cubierto de moho
que siempre fuiste tú
y finalmente la cascada con los patos
donde siempre me sentí centinela
en algún punto de Asia.
martes, 13 de enero de 2009
Apunte 116.303.
¡Cuántos años sin gravedad! Las clepsidras no funcionan, los relojes de péndulo están parados, en los de cuerda fallan los muelles. Ibamos quitando las hojas del calendario al azar, pero hasta esto ya pertenece al pasado. Nos quedan como única orientación desayunos, comidas y cenas. ¿Qué haremos si cualquier indigestión anula este cálculo del tiempo?
Diarios de las estrellas. Viajes y memorias.
Stanislaw Lem.
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