lunes, 4 de mayo de 2009
viernes, 3 de abril de 2009
el paseo
Bueno, a eso se reducen mis experiencias, a pequeños paseos alrededor del barrio. Hoy la cosa empezó bien. Una pequeña charla sobre las extravagancias light, golden y rubio de las diferentes marcas de tabaco con unos camareros me hizo volver a calibrar las antenas. Siempre que eso pasa, cuando se activa esa parte, hago como el que pone las conversaciones en un plato. Entonces me dispongo a sacar mis cubiertos del bolsillo y a extraer de ese filete algo que me quite el hambre. Así, separo de ese conglomerado de frases hechas los coqueteos con la camarera, los diferentes monosílabos del personaje cascado de al lado, y las palabras sin dientes de viejos, muy viejos que contemplaban su reflejo en la barra de cinc. A veces disfruto con las partes más hechas; otras, con las más crudas, depende del día.
Tras haberme llevado a la boca algunos bocados deliciosos, salgo de mejor ánimo a la calle y el escorzo de dos monjas encorvadas sobre un bebé hace que me entren arcadas. Su madre, inconsciente, ofrecía la pieza, muy orgullosa.
Se acabó el buen rollo.
Con este mal sabor de boca, sigo adelante, no sé cómo. Perdida otra vez la fe, unos pasos adelante, descubro feliz que una mirada enmarcada por un lápiz de ojos muy negro me hace contener el aliento. Me vengo arriba y veo cómo la mirada flota del modo que flotan los faros de los coches en las fotos de larga exposición. Marcando un trayecto; arrastrando tus barcos contra las rocas.
Definitivamente, el paseo me ha quitado el hambre.
Tras haberme llevado a la boca algunos bocados deliciosos, salgo de mejor ánimo a la calle y el escorzo de dos monjas encorvadas sobre un bebé hace que me entren arcadas. Su madre, inconsciente, ofrecía la pieza, muy orgullosa.
Se acabó el buen rollo.
Con este mal sabor de boca, sigo adelante, no sé cómo. Perdida otra vez la fe, unos pasos adelante, descubro feliz que una mirada enmarcada por un lápiz de ojos muy negro me hace contener el aliento. Me vengo arriba y veo cómo la mirada flota del modo que flotan los faros de los coches en las fotos de larga exposición. Marcando un trayecto; arrastrando tus barcos contra las rocas.
Definitivamente, el paseo me ha quitado el hambre.
miércoles, 1 de abril de 2009
lunes, 23 de marzo de 2009
viernes, 20 de marzo de 2009
viernes, 6 de marzo de 2009
miércoles, 4 de marzo de 2009
Jim

Pensando en muchos de mis actuales compañeros, ya de una generación que no es la mía, me maravillo ante las diferencias que veo entre ellos y yo. Más jóvenes, más centrados en sí mismos, con pocos atisbos sociales, para nada interesados en algo que no suponga el medrar aquí y ahora. Vamos, todo lo contrario de lo que mínimamente me pueda atraer. En esta generación ya nadie habla de "trepas", igual que nadie habla de "capitalismo": no se habla de lo evidente, igual que no se habla del oxígeno.
Bueno, en estas reflexiones misantrópicas estaba cuando me he acordado de uno de mis primeros compañeros; fue el primer año que trabajé. Su nombre era Jim y él también trabajaba por primera vez; para empezar lo hicimos en un colegio para "chicos malos". Algo nada fácil. De aquella experiencia sólo comentar que la dificultad creciente del trabajo hizo que Jim y yo sustituyéramos la pinta de cerveza negra de los viernes por tres pintas al día.
Entre pinta y pinta de London Pride (Guiness is for tourists!) charlamos de muchas cosas y me dio tiempo a conocerlo bien. Era un tipo cauteloso y bastante especial. Llevaba corbatas de las charity shops y pantalones sin bolsillos de un curso que hizo para croupier.
Evitábamos hablar sobre lo que veíamos cada día pero entre anécdota y anécdota se colaban los efectos de aquel trabajo estaba teniendo en nuestras vidas. Le comenté que desde entonces me había acostumbrado a ver en cualquier objeto un arma potencial, algo digno de ser lanzado hacia nosotros, ya fuera una piedra en el suelo, un trozo de cartón o una revista olvidada. Jim me confesó que se había acostumbrado, por su parte, a no darle la espalda a nadie que estuviera menos de dos metros. Pero sobre todo, lo más molesto era aquella sensación que los dos habíamos adquirido de que todo iba a romperse, a resquebrajarse, a que los cristales se astillarían, caerían al suelo y en nuestra anticipación los veíamos utilizarse para cortar nudillos y escribir amenazas sobre paredes.
Como en toda experiencia extrema y a falta de experiencia castrense Jim fue mi doppelgänger. Alguien que convirtió el monólogo en diálogo; por él supe que aquello que estaba viviendo era real. Fueron muchas las horas de charloteo en las que me acostumbré a su inglés cockney y él al mío parcheado.
Fue en una de estas, creo que el viernes anterior a una Semana Santa, cuando todos los profesores del centro se habían ido a celebrar el fin de trimestre a un pub con vistas al río. Jim y yo sin decir palabra nos metimos en el De Burgh Arms, un pub de barrio contiguo a la estación de tren.
Aquel día festejábamos las dos semanas por delante en las que intentaríamos recuperar algo de cordura. Estábamos de buen humor y Jim empezó a hablarme de su infancia. Hablaba de las pocas veces que estrenó zapatillas de deporte y de cómo se veía obligado a pasear por el barro en el camino al colegio para que no se notasen que eran nuevas.
Escuché aquello y me vi a mí mismo haciendo lo propio a tres mil kilómetros de distancia, paseando por descampados y por edificios a medio construir, para llegar con las botas llenas de polvo al colegio. Dudo que mis actuales compañeros hayan hecho algo así alguna vez.
Cuando le confesé a Jim que yo también había hecho aquello, se quedó pensando y levantando la pinta me preguntó si quería ser su padrino de boda. ¿Cómo negarse?
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